Me sorprendió llamándome un sábado por la mañana. La
noche anterior habíamos salido y pese a que no habíamos desfasado
mucho debido a un pequeño altercado con una pandilla de garrulos, la
velada había terminado relativamente tarde. Pero a mediodía se
presentó en mi casa con su chupa marrón de cuero y el gorro que se
había comparado recientemente en Venecia. Era un chaval con el que
me solía llevar muy bien y pese a que nuestra primera conversación
fue a base de insultos, nuestro gusto por las miniaturas y nuestra
pasión por El Señor de los Anillos propiciaron inumerables tardes
pintado figuritas y hablando sobre elfos, orcos y demás criaturas
fantásticas. Sin embargo esa mañana no estaba allí para eso.
Estaba para que habláramos de la vida, de la política, de lo real y
de lo onírico. Pensaba que tendría mucha gente con la que podría
quedar y a la que contarle sus inquietudes, pero que me hubiera
elegido a mi para sincerarse de aquella manera me hizo sentir
especial y creó entre los dos un vínculo que cada vez se iría
haciendo más fuerte. Siempre lo había admirado pues me parecía un
chico con mucho carisma, y que se dirigiera a mí como a un igual me
ayudaba en mis problemas de seguridad y autoestima. Después de todo
no había sido tan malo sufrir un poquito con todo lo bueno que
estaba recibiendo.
El otoño estaba llegando poco a poco a su fin y
empezaba a hacer cada vez más frío. Las notas no me iban mal del
todo aunque nunca había sido un alumno brillante y de vez en cuanto
debía recuperar alguna que otra asignatura. En aquel momento me
había planteado la ingeniería informática como meta. Me encantaba
actuar, cantar, quisiera saber bailar y todos los apuntes que tomaba
en clases eran personajes y montruos de historias que creaba en mi
cabeza, pero siendo sensato a lo único que podía aspirar sería,
como mucho, a diseñar alguno de esos bichos por ordenador ya que las
únicas salidas posibles para ciertas entidades son las ingenierías,
la medicina o el derecho, y las demás ramas no tienen cabida Es
cierto que en el colegio se ofertaba el bachiller de artes, ¡pero
cómo iba a hacer yo eso! Yo tendría que trabajar en una gran
empresa ganando mucho dinero y viviendo en el extranjero. Y para ello
tendría que estudiar logaritmos, integrales y dibujo técnico. Vale,
amaba las matemáticas y me encantaba las ciencias (el dibujo técnico
no tanto) pero soñaba con ser algo más que un simple peón. Y era
un sueño tan bonito que mejor vivirlo durmiendo que luchar por él
al despertar.

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