A parte de mi mejor amigo contaba con compañeros con
los que seguía manteniendo muy buena relación pese a que los
últimos tiempos nos habían separado. Era normal que durante esa
edad cada uno fuera definiendo su personalidad y se fuera juntando
con la gente afín, el problema es que yo todavía me había quedado
estancado en la niñez. Solía sentir mucho miedo a lo desconocido y
la seguridad que me aportaba el hogar y los sitios cerrados
contrastaba con esa jungla que era la noche con su gente extraña e
irracional incapaz de predecir. Pero tenía que crecer de una maldita
vez y ya había pasado mucho tiempo en el cascarón. Me apoyé en mis
antiguos colegas para ir poco a poco haciéndome un hueco en aquel
grupillo. Pese a que conocía al resto de haberlos visto por el
colegio nunca había tenido la oportunidad de hablar con ellos y,
siendo como era una persona reservada, empecé como observador antes
de decir mis primeras palabras.
Ese grupo de gente contrastaba enormemente dentro de mi
colegio. Frente a toda una bandada de pijos, unos cuantos garrulos
ruidosos y algún que otro grupo urbano, mis colegas eran un
compendio de heavys, rockeros y hippies difícil de clasificar dentro
de una tribu urbana. Pero tenían lo que la mayoría de allí
carecían: respiraban autenticidad por los cuatro costados y estaban
al margen de todas las modas. Por encima de todo el mayor problema
que encontraba yo en aquel sitio era que mis padres no tenían yates
ni lujosos duplex, y yo no vestía de Nike o Tommy Hilfigher. Por
ello conocer gente así me abrió mucho tanto a nivel mental como
físico, y es que evidentemente me empecé a dejar el pelo largo y mi
biblioteca musical se llenó de música metálica y apoteósica, pero
con esa edad ¿Quién no hacía locuras?. Fui conociendo cada vez más
a los miembros del grupo y apareció gente que ya no pertenecía al
colegio. Era como si me fuera desvinculando de mi vida anterior, y
cada día que pasaba me sentía que estaba viviendo mi propia vida.

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