Hay grandes historias que comienzan en un Aeropuerto y
esta es una de ellas. Corría el año 2004 y por aquel entonces tan
solo contaba con 16 años de edad. No estaba siendo un mes de Julio
especialmente caluroso para tratarse del verano murciano, pero la
ciudad ardía y era contraproducente salir a la calle a determinadas
horas del día. Sin embargo ese verano iba a ser especial para mí.
Era la primera vez que viajaba a tierras extranjeras sin la compañía
de mis padres y, pese a que apenas había amanecido, yo ya estaba
temblando de nervios. En pocas horas llegaría a un nuevo país, a un
nuevo sitio lleno de casas inglesas, con gente inglesa y costumbres
inglesas, y no sabía que tipo de situaciones tendría que afrontar.
Por aquel entonces yo era un chaval introvertido, inseguro y miedoso.
Nunca me había considerado ni guapo ni feo, ni gordo ni flaco, ni
alto ni bajo, más bien del montón, y pese a estar atravesando la
edad del pavo tenía la suerte de que los problemas hormonales
típicos no se estaban cebando conmigo. Para mí salir de Murcia de
esa manera suponía una nueva forma de descubrir el mundo. Es cierto
que había pasado por muchos campamentos, pero todos habían sido
organizados por mi colegio y eso había hecho que me mantuviera en
una burbuja durante todos esos años. Por fin tendría que salir del
cascarón y eso revolucionaría mi mundo de una manera radical.
Y allí estaba yo, sentado en la cabina de un avión
rumbo a Inglaterra, rodeado de gente que no conocía de nada. Por
suerte había convencido a un amigo para que viniera conmigo y
estaríamos en la misma casa, pero su billete le había mandado a la
otra punta del avión y entre tanta gente era difícil poder
localizarle. Estuvimos parados cerca de dos horas pero finalmente
despegamos. El vuelo fue tranquilo y al aterrizar en el aeropuerto
cogimos un autobús que nos llevó a Leigh-on-Sea, el pueblo en el
que pasaríamos el resto del verano. Una vez llegamos al colegio, las
familias comenzaron a llegar y nos fueron llamando uno a uno. Nuestra
madre postiza llegó de las últimas y, pese a los nervios que
albergábamos, resultó ser relativamente normal. Era una señora
alta, morena y con aspecto de ejecutiva toda vestida de negro. Una
vez llegamos a la casa y desempaquetamos nuestras cosas cenamos y nos
fuimos a pasar la noche a la bolera. Era la primera vez que jugaba a
los bolos y las experiencia me gustó. Por suerte esa sería sólo la
primera de muchas primeras veces ese verano.

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