viernes, 15 de noviembre de 2013

Landing

 
Hay grandes historias que comienzan en un Aeropuerto y esta es una de ellas. Corría el año 2004 y por aquel entonces tan solo contaba con 16 años de edad. No estaba siendo un mes de Julio especialmente caluroso para tratarse del verano murciano, pero la ciudad ardía y era contraproducente salir a la calle a determinadas horas del día. Sin embargo ese verano iba a ser especial para mí. Era la primera vez que viajaba a tierras extranjeras sin la compañía de mis padres y, pese a que apenas había amanecido, yo ya estaba temblando de nervios. En pocas horas llegaría a un nuevo país, a un nuevo sitio lleno de casas inglesas, con gente inglesa y costumbres inglesas, y no sabía que tipo de situaciones tendría que afrontar. Por aquel entonces yo era un chaval introvertido, inseguro y miedoso. Nunca me había considerado ni guapo ni feo, ni gordo ni flaco, ni alto ni bajo, más bien del montón, y pese a estar atravesando la edad del pavo tenía la suerte de que los problemas hormonales típicos no se estaban cebando conmigo. Para mí salir de Murcia de esa manera suponía una nueva forma de descubrir el mundo. Es cierto que había pasado por muchos campamentos, pero todos habían sido organizados por mi colegio y eso había hecho que me mantuviera en una burbuja durante todos esos años. Por fin tendría que salir del cascarón y eso revolucionaría mi mundo de una manera radical.

Y allí estaba yo, sentado en la cabina de un avión rumbo a Inglaterra, rodeado de gente que no conocía de nada. Por suerte había convencido a un amigo para que viniera conmigo y estaríamos en la misma casa, pero su billete le había mandado a la otra punta del avión y entre tanta gente era difícil poder localizarle. Estuvimos parados cerca de dos horas pero finalmente despegamos. El vuelo fue tranquilo y al aterrizar en el aeropuerto cogimos un autobús que nos llevó a Leigh-on-Sea, el pueblo en el que pasaríamos el resto del verano. Una vez llegamos al colegio, las familias comenzaron a llegar y nos fueron llamando uno a uno. Nuestra madre postiza llegó de las últimas y, pese a los nervios que albergábamos, resultó ser relativamente normal. Era una señora alta, morena y con aspecto de ejecutiva toda vestida de negro. Una vez llegamos a la casa y desempaquetamos nuestras cosas cenamos y nos fuimos a pasar la noche a la bolera. Era la primera vez que jugaba a los bolos y las experiencia me gustó. Por suerte esa sería sólo la primera de muchas primeras veces ese verano.

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