sábado, 30 de noviembre de 2013

Sick and Tired



Lo primero que me dijeron al llegar al claustro del colegio es que la mayoría de mis compañeros del año anterior volverían a estar en mi misma clase. Nada me hacía más ilusión pues había tenido un final de secundaria muy bueno y además compartiría aula con mi mejor amigo otra vez. Comenzábamos ya el Bachillerato lo que significaba que eramos de los mayores del colegio y además nos estábamos preparando desde ese mismo instante para afrontar la Selectividad ya que cada nota contaría. Entre saludos y reencuentros vi a ese amigo que me hacía sentir tan confuso. Él me miró, yo le saludé, y como si fuera un completo extraño pasó de mi evitándome como si se avergonzara de que le vieran en público conmigo. Tantas veces me había restregado planes a los que casualmente se había olvidado invitarme, tantas veces me había defendido en privado para luego reírse de mí en público, tantas veces me había golpeado emocionalmente que al final la gota colmó el vaso. Tenía pocos amigos pero me sentía muy unido a ellos, y que uno de ellos me desestimara de aquella manera me inundaba de tristeza y desesperación.

Evidentemente nuestros amigos comunes me preguntaban de las causas por las que yo ya no quería juntarme con aquella persona (pues él ya les había empezado a comentar la situación), pero mi verdad nada podía hacer frente a sus quejas lastimeras y sus lamentos vacíos. Al final yo volvía a ser el malo y tendría que ir a pedirle perdón como tantas veces habría hecho. Pero ya no. Me había cansado de ser su marioneta y de que me utilizara como blanco de sus inseguridades y de su falta de autoestima. Tenía que empezar a ser capaz de discernir entre la gente que me convenía y la que no y por suerte aún me quedaban personas en las que confiar. No iba a ser un camino fácil pues tendría que vencer muchas inseguridades y además los últimos acontecimientos me habían abierto una herida emocional que tardaría tiempo en cerrar, pero no podía dejar que todo lo que había conseguido durante el verano se desvaneciera de aquella manera.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Going Under

 
Al igual que había sucedido con la ida, el avión de vuelta saldría con retraso así que tuvimos mucho tiempo para recorrer el aeropuerto varias veces. Tenía muchas ganas de volver a casa y contarle a mi familia todo lo acaecido durante el último mes, sin embargo también me daba pena el despedirme de la gente maravillosa que había conocido ese mes. El cansancio nos inundaba a todos, pero en cuanto subimos al avión no pudimos evitar levantarnos y armar jaleo durante todo el tiempo que duró el trayecto. Sin embargo había algo que me venía contrariando durante los últimos días. Una persona a la que apreciaba había ido cambiando su actitud durante la última semana y para las últimas horas parecía huir de mí. Era la misma actitud que tantas otras veces había adoptado y que a mí me sacaba de quicio. Ese victimismo facilón que me convertía en el paranoico y en el malo de la película y a él en el pobre choco abandonado. Con el viaje a Inglaterra pensaba que conseguiríamos afianzar nuestros vínculos, pero tal vez todo había sido una ilusión que se disiparía en cuanto llegáramos de nuevo a Murcia.

El resto del verano transcurrió con tranquilidad y por fin llegó Septiembre. Fue entonces cuando todos los compañeros del viaje aprovechamos para quedar ya que las clases no empezarían hasta mediados de mes. Allí estaban casi todos y allí estaba, evidentemente, él. Daba la casualidad de que veraneábamos en la misma playa y, pese a todo lo que habíamos vivido juntos, no me presentaba más que una actitud hostil cada vez que nos cruzábamos por el paseo marítimo. Y sin embargo en aquella ocasión volvía a ser la persona encantadora con la que tantas cosas compartía y con las que tantos buenos ratos había pasado. No sabía que pensar. Tal vez fuera yo el que le daba demasiada importancia a ciertos gestos ocasionales cuando lo que tenía que hacer era aprovecharme de esos momentos y olvidar las humillaciones. Sea como fuere en dos semanas comenzaríamos el colegio y sería el momento de descubrir de una vez por todas su verdadera naturaleza.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Do You Believe


 Conforme se acercaba el último día el ritmo de las clases se iba haciendo cada vez más intenso. Apenas nos quedaba tiempo para quedar pues teníamos que estudiar duro para ganar el torneo de grupos. Tras superar con éxito pruebas como la competición en la máquina de baile o la carrera por el metro de Londres, nuestros resultados académicos serían determinantes para alzarnos con la victoria. Al final habíamos conseguido posicionarnos bastante bien en la puntuación general, y aunque en algunos momentos habíamos logrado estar a la cabeza de la clasificación, la recta final se presentaba muy reñida para los cuatro grupos. Cualquiera podía ganar. La tensión se podía palapar en el ambiente. Y llegó el día. Al final nos quedamos los segundos. A pesar de todo los ganadores eran de nuestra pandilla de amigos y nos alegramos por ellos además habíamos logrado romper todos los prejuicios que nos habían apartado de los grupos más populares que, por cierto, quedaron en tercera y cuarta posición.

Y llegó la cena de despedida. Nos arreglamos para la ocasión y fuimos a cenar a un bar con terraza aprovechando el buen tiempo. Ya teníamos las maletas hechas pues saldríamos del pueblo temprano y la noche prometía ser larga. Una vez que terminamos de cenar fuimos a un local en donde pincharían música y pasaríamos el resto de la velada. Pese a que no solía consumir alcohol esa noche tocaba desinhibirse y decidí beber. Muchos de mis compañeros, tanto del viaje como del colegio en Murcia ya hacían botelleos lo cierto es que yo había realizado poco ese tipo de prácticas hasta la fecha, reservándolas para ocasiones especiales. Y esa ocasión lo merecía. Nos intercambiamos los regalos del amigo invisible, compartimos buenos momentos y cuando el sol ya asomaba regresamos a casa para poder así aprovechar las pocas horas que nos quedaban en Leigh-on-Sea para dormir antes del viaje de vuelta.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Sleeping Awake




Tras el regreso de Londres me sentía con energías renovadas, no sólo estaba cada vez más integrado en el grupo sino que además tenía más confianza en mi mismo para relacionarme con el resto de compañeros. Volveríamos a Londres en más ocasiones y realizaríamos otro viajes descubriendo zonas de Inglaterra que desconocía. Aunque lo peor era el tiempo, las numerosas actividades y los ratos de ocio que sacábamos lo compensaban todo. De vez en cuando llegaban noticias de España, pero eso estaba tan lejos en ese momento que apenas le daba importancia. Si durante la primera visita a Londres habíamos estado más guiados con apenas una hora para movernos por nuestra cuenta, el resto de viajes fueron totalmente libre y me sirvieron para enamorarme, aún más si cabe, de aquella ciudad: Camden Town, Harrods, Hamley's, Picadilly Circus... Todo era maravilloso cada vez que lo veía y no me cansaba de verlo cada vez que podía.

Entre tanta clase nos tomamos un respiro el fin de semana que nos fuimos a Greenwaters. Greenwaters era un paraje natural de acampada en donde montamos nuestras propias tiendas y pasamos el tiempo haciendo diferentes actividades como piragüismo o juegos en grupo. Aunque estuvo nublado la mayor parte del tiempo, el clima no interfirió para que pudieramos pasar un gran fin de semana. Las noches a la interperie (porque lo que es la tienda la usamos para dejar las mochilas y poco más) nos sirvieron para conocernos mejor y, como es evidente, encontramos amigos comunes que habíamos dejado en Murcia. Aunque esos momentos no eran más que una realidad onírica condenada a esfumarse en pocas semanas, nosotros creábamos con cada palabra y con cada gesto vínculos que nos hacían pensar que seríamos inseparables durante el resto de nuestras vidas. Por suerte esos vínculos nunca llegarían a desaparecer del todo.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Somewhere I Belong


  Nos levantamos temprano, desayunamos y marchamos hacia el colegio. Pese a estar en pleno mes de Julio refrescaba por las mañanas así que tanto mi colega como yo llevábamos algo de abrigo para protegernos del frío mañanero. Durante la jornada matinal se llevaría a cabo las pruebas de nivel, pero como yo ya tenía asignada mi clase así que me dediqué a recorrer las calles del pueblo. Me sorprendió la cantidad de cosas extrañas y diferentes que tenían los ingleses: chocolatinas gigantes, periódicos sensacionalistas y tiendas de extraños objetos que seguramente no servían para nada. Estuve dando vueltas hasta que decidí regresar al colegio y me topé con un grupo de chicas. Intenté unirme a la conversación y en media hora tomábamos todos juntos el almuerzo en el parque de hierba que había a la entrada. En mi vida diaria me costaba bastante socializar, pero desde que había llegado a Inglaterra me sentía más seguro de mi mismo. No sabía explicar la razón, pero posiblemente el haber escapado de mi burbuja hubiera influido. Cuando los chicos que habían hecho las pruebas salieron se unieron a nosotros y, una vez que todos terminamos de comer, nos fuimos a una explanada. Nos dividieron por equipos y, como no podía ser de otra manera, me quedé sin grupo así que me tuve que quedar con los sobrantes. Nunca había sido alguien popular o guay y no iba a ser diferente allí por muy lejos que estuviéramos de Murcia. Sin embargo había algo en nuestro equipo que denotaba autenticidad y, contra todo pronóstico, quedamos 3º en la liguilla. Evidentemente nunca había sido muy futbolero, pero hubo algo ese día que me impulsó a superarme. Tal vez fue la necesidad de demostrar que valíamos demasiados para ser unos simples sobrantes.

Los días se sucedieron con las clases y se alternaban con actividades como la bolera o pequeñas gynkanas hasta que llegó el día de viajar a Londres. Cogimos el tren bien temprano y bajamos en la capital antes del mediodía. Recuerdo muchas cosas de ese día: el tiempo era inestable, vimos los lugares más emblemáticos de la ciudad y visitamos el museo de cera. Pero lo que más me marcó fue la magnitud con la que esa ciudad me absorbió. Aunque había viajado mucho con mis padres nunca había llegado a desenvolverme por una ciudad con la independencia con la que me moví ese día por Londres, y eso que no salí del centro histórico, aún así el ambiente cosmopolita, la diversidad, la grandiosidad, todo lo que podía hacerme temblar de la emoción se encontraba allí reunido, y allí estaba yo admirando todo el lugar como si el tiempo se hubiera detenido para siempre. Entendí entonces que era eso lo que quería, vivir en un lugar así, pasear por calles infinitas atrapado entre edificios majestuosos y pantallas de Neón. Formar parte de un bullicio interminable y a la vez ser capaz de descubrir sitios, personas, historias nuevas cada día. Ese día tuve un sueño: salir de mi burbuja para no regresar nunca más.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Landing

 
Hay grandes historias que comienzan en un Aeropuerto y esta es una de ellas. Corría el año 2004 y por aquel entonces tan solo contaba con 16 años de edad. No estaba siendo un mes de Julio especialmente caluroso para tratarse del verano murciano, pero la ciudad ardía y era contraproducente salir a la calle a determinadas horas del día. Sin embargo ese verano iba a ser especial para mí. Era la primera vez que viajaba a tierras extranjeras sin la compañía de mis padres y, pese a que apenas había amanecido, yo ya estaba temblando de nervios. En pocas horas llegaría a un nuevo país, a un nuevo sitio lleno de casas inglesas, con gente inglesa y costumbres inglesas, y no sabía que tipo de situaciones tendría que afrontar. Por aquel entonces yo era un chaval introvertido, inseguro y miedoso. Nunca me había considerado ni guapo ni feo, ni gordo ni flaco, ni alto ni bajo, más bien del montón, y pese a estar atravesando la edad del pavo tenía la suerte de que los problemas hormonales típicos no se estaban cebando conmigo. Para mí salir de Murcia de esa manera suponía una nueva forma de descubrir el mundo. Es cierto que había pasado por muchos campamentos, pero todos habían sido organizados por mi colegio y eso había hecho que me mantuviera en una burbuja durante todos esos años. Por fin tendría que salir del cascarón y eso revolucionaría mi mundo de una manera radical.

Y allí estaba yo, sentado en la cabina de un avión rumbo a Inglaterra, rodeado de gente que no conocía de nada. Por suerte había convencido a un amigo para que viniera conmigo y estaríamos en la misma casa, pero su billete le había mandado a la otra punta del avión y entre tanta gente era difícil poder localizarle. Estuvimos parados cerca de dos horas pero finalmente despegamos. El vuelo fue tranquilo y al aterrizar en el aeropuerto cogimos un autobús que nos llevó a Leigh-on-Sea, el pueblo en el que pasaríamos el resto del verano. Una vez llegamos al colegio, las familias comenzaron a llegar y nos fueron llamando uno a uno. Nuestra madre postiza llegó de las últimas y, pese a los nervios que albergábamos, resultó ser relativamente normal. Era una señora alta, morena y con aspecto de ejecutiva toda vestida de negro. Una vez llegamos a la casa y desempaquetamos nuestras cosas cenamos y nos fuimos a pasar la noche a la bolera. Era la primera vez que jugaba a los bolos y las experiencia me gustó. Por suerte esa sería sólo la primera de muchas primeras veces ese verano.

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